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CASO: 'Mary and Max' y 'Amelie'. El gusto por lo feo. Una nueva belleza



No cabe ninguna duda de que el arte persigue la belleza. Pero yo no lo veo tan claro. Remontémonos unos años atrás en la Historia (dejémoslo en el siglo XX). Fijémonos en las vanguardias de los años 20: el arte por el arte, el dadaismo: la ruptura con todo lo que antes había sido considerado arte. Llegan los 40 y el arte desvaría en la propaganda. En los años 60-70 con la subida del tren de vida, el arte se democratiza (que palabra con tan poco significado) y los Estados Unidos exportan a Europa el Pop Art. De Europa nace la generación del 68 con una ideología izquierdista de libertades poniendo en cuestión toda norma vigente (educación, sexualidad o autoridad son algunos temas que derrumba). A la par, y volviendo al cine, surgen el maremoto de las nuevas olas: cine social, comprometido. Un cine en donde el mensaje se convierte en el centro de la obra. Sin embargo, no sería justo despreciar la labor que se desarrolló para hacer surgir una nueva estética al servicio del tono de los temas: colores grises, fotografía realista, etc. Parece que el arte se ha cansado de perseguir la belleza de la forma más clasica.

Volvamos al presente (¿Cuándo nos fuimos de él, si el pasado es la materia para construir el presente?). Aunque sea en un cine más bien minoritario (ser minoritario es tener menos público no ser raro), existe una tendencia a recalcar lo feo, lo estrambótico. Quiero fijarme en dos ejemplos recientes. El caso de Amelie (2001) de Jean-Pierre Jeunet y de Mary and Max (2009) de Adam Elliot.
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